El Azabache en la Historia y la Cultura.
Desde tiempos remotos, el azabache ha sido más que una piedra: ha sido guardián, testigo y protector. Civilizaciones antiguas —como la egipcia, la romana y la vikinga— lo atesoraron por su poder para espantar las sombras y resguardar el alma. Era más que ornamento; era escudo invisible frente a lo que no se ve, pero se siente.
En la península ibérica, especialmente en las tierras de Asturias, el azabache encontró un hogar sagrado. Allí, nacen los yacimientos más puros de esta «gema». Una tradición que aún vive: joyas, medallas y talismanes tallados con la reluciente Sabiduría Antigua.
El azabache camina también junto a los peregrinos del Camino de Santiago, con cada paso en busca de respuestas. Es la piedra del viajero, del creyente, del que sueña.
Y entre todos los amuletos creados con esta gema, hay uno que se recuerda con especial fuerza: la higa, o figa. Representa una mano cerrada con el pulgar entre el índice y el corazón, un gesto ancestral que llegó a nuestras tierras con los árabes y floreció a partir del siglo XVI. Era común verlo colgado del cuello de niños, atado con cintas rojas, o escondido bajo la ropa, como una protección contra el mal de ojo y las envidias.
El Azabache en Latinoamérica
En Latinoamérica, el poder del azabache viajó con los colonizadores y se mezcló con las creencias indígenas y africanas, dando lugar a sincretismos mágicos y espirituales. En países como Venezuela, Colombia, Cuba, México y República Dominicana, entre otros, es común ver bebés usando dijes de azabache con cinta roja en forma de mano, ojo o cruz, como protección ante el mal de ojo.
En los mercados esotéricos de América Latina, el azabache nunca falta. Se consigue como pulseras, collares, dijes y figuras.
Una piedra que une Tradiciones
Hoy, como ayer, el azabache sigue siendo piedra viva: absorbe el mal, eleva el espíritu y acompaña a quien lo porta con su fuerza silenciosa y protectora. Es una gema que une continentes, creencias y generaciones. Es un símbolo que se adapta a cada cultura.
Más allá de su historia y usos culturales, el azabache posee una carga energética única. No es solo una piedra, es una «esponja energética» que absorbe lo denso, lo nocivo, lo que no nos pertenece. Por eso, se recomienda limpiarlo con frecuencia, devolviéndole su pureza con sal marina, humo de incienso o luz lunar.
Ya sea en Europa o en un Mercado en Caracas, el azabache sigue diciendo lo mismo: Yo te protegeré.
En muchos pueblos se regalaba un azabache en momentos clave: al nacer, al comenzar una nueva etapa, o al enfrentar una pérdida. Es una manera simbólica de decir: “No estás solo”. Esa piedra negra y pequeña guarda silenciosamente promesas de bendiciones y compañía.
Ricardo Latouche Tarot