Yo, Ricardo. Parte III | Ricardo Latouche

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Yo, Ricardo

¿De qué me sirve amar si tengo tantas cosas por las que odiar?

Recuerdo el dolor que me consumía las entrañas después de perder a mi padre y mi abuelo en mis brazos. Mi época dura, esos años de pudrirme en un cuartel militar, la vida es sólo negra y turbia, densa y caliente como la sangre misma. Mis entrañas toman el control de mi vida pues mi corazón ya no late y mi mente se quedó en punto muerto, mi piel no siente ni sangra, mis ojos ya no ven la brisa, mi oídos no escuchan el trinar de las aves y no reconozco amor ninguno en mí.

No tengo 20 años y ya mis manos tienen sangre de más de 100 personas, ninguno de esos muertos es mío. Pero, ¿por qué Dios me pone en este camino? Estoy cansado, ya no puedo más. Quiero que pare ya!. Pero no para y el dolor quema en los huesos, intento amar sin saber qué es eso para dejar de sufrir pero siempre los caminos falsos nos llevan de nuevo al inicio de la ruta, cada vez más hartos de la vida misma.

Con el devenir de los días, meses y años, surge una luz al final del camino y descubro que cada dolor, cada llaga, cada tropiezo tenía un propósito específico y era quitar un pedazo más de mi falsa piel, de mi falso ego. Para así comprender que nunca fui yo quien emprendió el camino, sino que fue el titiritero, ese hombre grande de túnica blanca y sandalias polvorientas de nube fresca. Él, el que todo lo puede y todo lo ve, era el único artífice de tanta maldad y tanto dolor.

Y así me dijo:

“Ricardo” mientras quieras ver dolor y rabia, así alimentaré tu camino hasta que te sacies. El día que tú así lo decidas, cambiará tu presente y tu futuro.
Ese día lloré con lágrimas de sangre y fuego y aquello que aún existía de mí, terminó por incinerarse en tanta lágrima. El sueño me embarga, duermo. Al despertar ya no quería más dolor y así escuché al primer pájaro, limpié mis ojos y ví una sonrisa que salía de los labios de mi madre.

Al parpadear, sentí la leve brisa que tras miles de kilómetros llegaba para acariciarme, allí ví luz que brillaba por todos lados y que solo palidecía ante mis dudas.
De pronto, mi corazón latió y mi mente descubrió el azul y el amarillo, el blanco y el verde y sorprendido, recordé que en mi vida pasada no todo era rojo sangre y negro oscuridad.

El amor no volvió a mí, sino que yo volví a él después de haberlo abandonado, llegó también la felicidad, las risas, el cariño y las caricias, el amor y el sexo (también aprendí a que se beben en vasos diferentes).

Hoy doy gracias porque sé que siempre tendré dos caminos, el del dolor, que duele y el del amar, que cura.

Ricardo Latouche Pardo